Una vida dedicada a la luz
Tito Kuramotto (1941-2026) no solo fue un pintor; fue el arquitecto visual de la modernidad en Santa Cruz. Formado bajo el rigor académico en Buenos Aires, regresó a su tierra natal para revolucionar la forma en que el trópico se miraba a sí mismo. Como miembro fundador del Grupo Paitití en 1969, Kuramotto rompió con el costumbrismo lineal para introducir una estética donde la abstracción y el simbolismo dialogaban con la realidad local.
Su obra se distingue por una sensibilidad técnica impecable. Fue capaz de capturar la «luz cruceña» —esa claridad intensa que define al oriente— y trasladarla al lienzo con una maestría que oscilaba entre el realismo mágico y la síntesis geométrica. Sus cuadros de casonas antiguas, de patios interiores y de la vegetación exuberante no eran meras reproducciones, sino meditaciones sobre el paso del tiempo y la esencia del espacio.
Más allá de sus lienzos, su labor como maestro de maestros es incalculable. Desde las aulas de la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno y su taller particular, Kuramotto guio a decenas de promociones de artistas, inculcando la disciplina del dibujo y la libertad del pensamiento creativo. Fue un hombre de una humildad profunda, cuya estatura artística solo era igualada por su generosidad humana.
A lo largo de su carrera, recibió los máximos honores, incluyendo el Premio Nacional de Cultura, pero su mayor reconocimiento fue el respeto unánime de sus colegas y el cariño de un pueblo que ve en sus pinturas el reflejo de su propia alma.
Hoy, al despedir al maestro, nos queda una obra que sobrevive al tiempo. Sus pinceladas seguirán narrando la historia de una Santa Cruz que él ayudó a imaginar y a inmortalizar. Para profundizar en su trayectoria y ver parte de su catálogo, se puede consultar el archivo de la Fundación Cultural BCB o visitar las colecciones permanentes del Museo de Arte Contemporáneo de Santa Cruz.
Paz en la tumba de un gigante del arte boliviano.

